«Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…» podría ser el principio de la historia de uno de los hitos científico-tecnológicos que estamos viviendo estos días. Después de un viaje de 1300 millones de años, el catorce de septiembre de 2015 , se detectó la deformación del espacio-tiempo producida por la colisión de dos agujeros negros que dio lugar a un agujero negro más grande y a la emisión de energía en forma de ondas gravitacionales.

Y hace ya cien años que el genial Albert Einstein predijo, en su Teoría General de la Relatividad, la existencia de estas ondas gravitacionales. La fuente de estas ondas serían conjuntos de masas (estrellas de neutrones, supernovas, agujeros negros,…) que se mueven muy rápido y con una aceleración, liberando energía en forma de ondas que curvan el espacio-tiempo, generando pequeñas «arrugas» en el espacio-tiempo, que se propagan a la velocidad de la luz. De forma similar a las ondas que se producen en el agua, estas ondas gravitacionales moverían todos los objetos que se encuentran a su paso. El problema es que la energía de estas ondas se va debilitando y al llegar al Sistema Solar curvarían tan ligeramente el espacio-tiempo que la distancia Sol-Tierra sólo cambiaría en ¡menos del diámetro de un átomo de hidrógeno!

Por ello, las palabras del Director Ejecutivo de LIGO, David Reitze, el pasado once de febrero: «Ladies and gentlemen, we have detected gravitational waves. We did it!» han impactado en la comunidad científica. El hecho supone no sólo la verificación de la existencia de estas ondas que predijo Einstein, sino una nueva ventana a la observación y conocimiento del universo. Hasta ahora la información del universo se obtiene a través de radiación electromagnética (luz, infrarrojos, rayos X,…), la posibilidad de detectar ondas gravitacionales «sería como ganar un sentido más para percibir el cosmos».

La tecnología desarrollada en el Observatorio de Interferometría Láser de Ondas gravitacionales (LIGO) consta de dos detectores separados por 3000 km (uno en Luisiana y otro en Washington) compuestos cada uno por un haz de luz láser cuya longitud de cuatro kilómetros sería modificada por el paso de una onda gravitacional. Estos rayos láser están en el vacío oscilando entre espejos suspendidos de cables para evitar ruido sísmico. Estos espejos están colocados en ángulo recto de manera que cuando la luz interacciona puede desaparecer (interferencia destructiva) y ser detectada. En el momento que una onda gravitacional pasa por los detectores lo que hace es distorsionar el espacio-tiempo, haciendo más larga una dirección que otra, lo cual saca fuera de fase a la luz y, por tanto, se observa.

Si quieres obtener más información puedes consultar: